Reencuentro con la generacion de los setentasMaru: la mujer de  los dieces


Byron Y. Barrera

Hace algunos días varios ex compañeros de la escuela primaria nos reunimos por primera vez después de al menos veinticinco años.   A esta fecha la mayoría de nosotros estamos por arribar a los cuarenta, ya que nacimos en los inicios del setenta. Por qué no pudimos reunirnos antes, cómo sucedió el reencuentro, qué ha pasado en estos años y qué temas podríamos abordar ahora, son interrogantes que aún trato de contestar.

Para contestar a la interrogante del cómo sucedió, basta con comentar que sucedió luego de un encuentro casual con uno de aquellos amigos que difícilmente logramos reconocer en las viejas fotografías escolares del álbum familiar y que no se encuentran en nuestro archivo digital.

Pus bien, pasado el primer contacto, siguió el intercambio de sucesivas llamadas telefónicas y el clic en el ratón del computador para conocer más detalles de otros compañeros a través del Internet, avance tecnológico al que debimos familiarizarnos años atrás, poco antes de alcanzar los veinticinco, ya en los años noventa.

El instrumento que facilitó nuestra primera reunión fue el teléfono móvil celular que nos permitió una óptima coordinación para concertar la fecha, la hora y el lugar de nuestra primera cita.  En nuestra infancia dicho avance de las telecomunicaciones no existía, la empresa estatal de telefonía era dominada por una política retrograda y obsoleta de mercado.  Algunos de nosotros, los de menos recursos económicos, carecíamos de línea telefónica domiciliar.  Fue durante el gobierno de Vinicio Cerezo Arévalo cuando se emprendieron varios proyectos de vivienda popular en zonas residenciales que se facilitó el acceso a más líneas de teléfono en los domicilios, ello sucedió a finales de los años ochenta.  

En la actualidad el avance de las telecomunicaciones es obvio, existen varias empresas compitiendo en el mercado nacional, aún así, existe una tendencia hacia el monopolio, cómo no habría de ser así, si la reforma estructural ordenada desde Washington, obligó a privatizar las empresas estatales que podrían haber sido rentables con una mejor e innovadora administración.  Empero, en Guatemala la empresa estatal de telefonía fue ofertada en un proceso viciado y hasta risible, como sucedió con la Empresa Eléctrica, situación clásica de una cleptocracia.

Como estudiantes del nivel primario, habríamos tenido entre nueve y diez años de edad cuando fuimos testigos de las voladuras de puentes a finales de los setenta.  También observamos y fuimos testigos silenciosos del golpe de Estado que derrocó al general Romeo Lucas García y del derrocamiento del también general Efraín Ríos Mont, en los ochenta.   Posiblemente algunos de nuestros amigos infantes acompañaron a sus padres a votar por la Democracia Cristiana, la Unión del Centro Nacional, o el Movimiento de Liberación Nacional, todos estos partidos ya desaparecidos.  Nuestro primer ejercicio cívico electoral debió esperar hasta la disputa político electoral entre los candidatos Alfonso Portillo y Álvaro Arzú, en el noventa y cinco, y que ganara el segundo en mención, luego del apagón de la media noche, mientras se realizaba el conteo de los votos. Quince años más tarde, Portillo está en la cárcel y Arzú está por tercera vez en la alcaldía capitalina.

Claro que nuestro semblante ha cambiado, nuestro pasado reunió de nuevo a los niños de ayer, esta vez con la ayuda de la red social Facebook, donde podemos comentar una fotografía sin correr a publicarlo en la sección Sociales del periódico, podemos enviar un mensaje sin utilizar el servicio de correos y telégrafos, que por cierto, siempre ha sido ineficiente ya sea en manos del Estado, ya sea en manos privadas.  Hoy ya no nos separan las ideologías de nuestros padres, los militares no circulan con tanquetas apuntando a la casa de gobierno, eso lo escucharon nuestros oídos y vieron nuestros ojos sin entenderlo. Hoy solo hemos querido reunirnos para degustar un buen bocadillo y reír del pasado.

Finalmente la reunión se realizó la semana pasada en un restaurante ubicado en lo que en alguna fecha remota dio en llamarse Kaminal Kuyú, una antigua ciudad maya que se situó en lo que hoy es una zona comercial más conocida como Majadas y Miraflores.  En nuestra infancia esta área de más de una caballería estaba ocupada por sitios baldíos y altos cipresales.    En los últimos diez años, durante el período de gobierno municipal del mismo partido político que al ejercer la presidencia del país negoció la telefónica, se han levantado edificios, restaurantes, supermercados y distintas localidades comerciales, en esta área, sin importar nuestro pasado arqueológico, antropológico y cultural. A decir verdad, ese hecho histórico tampoco impresionó mucho a nuestro apetito, tampoco el montículo situado entre los restaurantes Mcdonalds, Capistrano y Tony Romans.  La ciudad maya de Kaminal Kuyú quedará enterrada por siempre, absorbida quizá por nuestro apetito.

Vaya si no nos ha hecho reflexionar el reencuentro, pues luego de la cita uno se queda con la sensación de que el pasado en realidad está más vivo de lo que aparenta y más significante de lo que logramos apreciar a simple vista.  Sin duda alguna el pasado ha definido nuestro presente; fueron las fuerzas ajenas a nosotros mismos, la mano invisible del capitalismo, las que han determinado nuestro lugar en la sociedad, como lo decía el comandante Ernesto “el Che” Guevara. Pero también podríamos agregar a ello que no hay presente sin pasado, y si nuestro pasado no tiene razón de ser, nuestro presente no tiene pasado, entonces simplemente nos quedamos en el limbo…

 

 

 

 

China busca explotar hierro en la Costa Sur

 

Según una presentación  de la empresa Tikal Minerals, el Ministerio de Energía y Minas (MEM) autorizó 3 licencias de reconocimiento a la minera para buscar hierro en una extensión  de 5 mil 912 kilómetros cuadrados que abarcan prácticamente toda la costa del Pacífico, con excepción de tres pequeñas reservas naturales, que incluyen al Manchón-Guamuchal y Monterrico.

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