sociedad y cultura

La Flor de Sulem

Vicente A. Vásquez B.

            La ilusión, la magia y el encanto del amor no tienen parangón. Lo sé, porque lo estoy viviendo, y mi amado también.

            En verdá, es como andar sobre las nubes. Todo lo que nos rodea desaparece o deja de tener importancia y sólo existe el amor y, desde luego, los dos seres que se aman.

            Mi amado me ve, a través del cristal de la ilusión. Para él, en este momento, soy especial y única; ve mis pechos como crías gemelas de gacela, mis ojos como palomas, así me lo dice y bebe con fruición del buen vino de mi boca.

            Yo lo veo a él, como si fuere el único hombre sobre la tierra. Su voz es mi guía, sus brazos las suaves cadenas que me atan; y su indeseada ausencia, por breve que sea, el tormento de los tormentos.

            ¡Ah, el amor!
Si fuera eterno, ¡qué felicidad!

Pero no me engaño. La magia se diluye con el paso del tiempo, el encanto languidece con el tedio de la costumbre y la ilusión sucumbe ante la presencia de una nueva flor.

            Hoy, soy la rosa de Sarón.
Quizás, flor de un día, pero no importa. Viviré la ilusión hasta su agotamiento.

Que mi amado posea 60 reinas y 80 concubinas, y que además, haya al alcance de su falo real, innumerables doncellas, qué importa. Sí, en el presente, soy la preferida, tal como cada una de mis antecesoras lo debe de haber sido en su oportunidad. 

            Las actuales segundonas, ante su señor, con “inteligencia” alabaron mi belleza morena, tonalidad lograda a causa de cuidar viñeros ajenos. Tal vez, para las otras no soy motivo de envidia, ni les produzca celos, si no lástima, porque saben que mi destino, mi próximo e inmediato destino, será pasar a engrosar ese grupo, en cualquiera de sus dos categorías, dependiendo de mi habilidad y mi desempeño actual.

            ¿Hasta dónde llegará “mi” hombre?

            Hasta que le germine la ilusión de un nuevo amor o hasta que le broten los deseos de nuevas experiencias.

            ¿Hasta dónde llegará mi Rey?

            Hasta que le fallezca la libido y su “cetro” no se levante más o hasta que el poder imperial se le acabe o hasta su muerte.

            ¿Hasta dónde?

           Hasta que coleccione quinientas, ochocientas o mil variadas flores y, dichoso, sin ninguna suegra que se atreva a darle una mala respuesta o dirigirle una maléfica mirada.

            Que soy la anhelante “esposa”, la 141, lo reconozco. Pero hoy, soy la número uno, la preferida, la que lo ilusiona, la que lo enciende.

            Hoy soy su lirio de los valles.

            Sé que soy la efímera flor de un día, pero ese día lo viviré a plenitud. Y mi elección hará historia; en el futuro existiré para siempre, como la inmortal musa que inspiró el cantar de los cantares.

            ¿Y después?
¡Los recuerdos!

            Sí, recordar, es vivir. Repasaré cada instante, cada caricia, cada mirada de deseo y con sabiduría, como las demás hembras de su rebaño, cerraré los ojos ante la cosecha de nuevas flores, que estoy segura, llegarán a ser tantas, como su insaciable anhelo de macho cabrío, maquine machucar bajo su cuerpo real. Y como consuelo y recompensa postrera, tendré asegurada de por vida, la prosaica, pero necesaria pitanza.

 

 

 

 

 

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