La Ciudad, el Amor y la Muerte

 

El político guatemalteco, Rodrigo Rosenberg, contrató a once asesinos para sí mismo.  Una protesta tras el asesinato de la mujer de su vida.
Rosenberg murió recién bañado.

Por última vez cerró la puerta en el décimo piso, 23 Calle „A“, Zona 14, Ciudad de Guatemala.  Tomó el ascensor de mármol falso y se dirigió al primer piso.
Un domingo.

Rosenberg llevaba una pantaloneta azul, playera azul, calcetines blancos, zapatos blancos y sus gafas de sol.  Olía a jabón.  Rodrigo Rosenberg saludó al portero fuera del edificio, se subió a su bicicleta y se fue, pasando por All American Logistics, S. A., frente a unas palmeras jóvenes y una cámara, 08:07:02, 10 de mayo de 2009, nublado.  Al final de la 23 se enfiló hacia el Este, cruzó en la 22 y se sentó en la grama, a 300 metros de su apartamento, a la orilla de la Avenida de las Américas.
Las bouganvilias floreaban.
Rodrigo Rosenberg Marzano, de 49 años, profesor, abogado y político, llevaba audífonos en los oídos y escuchaba música cuando lo alcanzaron cinco proyectiles, nueve milímetros, tres en la cabeza, uno en el cuello y uno en el pecho.
Era el Día de la Madre.
Ahora hay una cruz oscura en la Avenida de las Américas en la Ciudad de Guatemala.  Unos claveles resplandecen.  Y al lado, sobre plástico negro con agujeros, se lee: Rodrigo Rosenberg. Héroe de los guatemaltecos. No moriste en vano.
Una vela arde.
Él habría despertado la conciencia de decenas de miles, elogia su medio hermano, Eduardo Rodas Marzano, y llora en la mesa de fina madera.
»Todo lo que hizo Rodrigo«, susurra el hermano, »lo hizo por amor.«
Rodas se suena la nariz con su pañuelo blanco y permanece en silencio.
Rodrigo Rosenberg, nacido el 28 de noviembre de 1960, era el único hijo en común de sus dos padres.  Su madre, muy rica y hermosa, una italiana versada en joyas y literatura, había traído dos hijos al matrimonio, y el padre de Rosenberg, cinco.  El padre, dueño de un cine, era descendiente de judíos alemanes, rara vez estaba en casa y parecía como si no le importara el mundo, -dijo, quedándose callado.
»Un matrimonio corto«, dice el hermano en su fresca oficina PF&F, Puntos Fríos y Financieros de Centroamérica, S. A., Torre Oeste, piso once, orquídeas en la cornisa, Bonsai y muchas piezas de arte, vidrio por todos lados.
Rodrigo habría sido un buen estudiante, rápido, fuerte, atento.
Asistió al colegio privado católico „Liceo Guatemala“, le gustaba la música de Carlos Santana, las carreras de Fórmula 1 y el largo cabello negro de su madre.  Si no fueras mi madre, decía, me casaría contigo.  Dos veces al año viajaba a México, Business Class, y nadaba en el Pacífico.  Al salir del  Bachillerato asistió a la universidad privada Rafael Landívar en su Toyota Celica rojo, regalo de su madre, y se convirtió en Abogado, lo que ella deseaba.  Los profesores elogiaban su diligencia, las chicas su elegancia.  Se casó en 1984.
La esposa de Rosenberg, como su madre, se llamaba Rosa María y tenía cabello largo y negro.
El Profesor Rodrigo Rosenberg Marzano, con el brazo derecho doblado, yacía de espaldas en la Avenida de las Américas y 22 Calle, Zona 14, con la bicicleta a sus pies, 10 de mayo de 2009, 8:10 horas:  un asesinato de los miles que ocurren en Guatemala cada año desde una década y media antes de la guerra civil.  Sólo el dos por ciento de los crímenes, a veces tres, son resueltos cada vez.
La policía, como siempre, llegó bulliciosamente y recolectó los casquillos, tomó fotografías y se llevó el cadáver para practicar la autopsia.  Rosenberg había recibido disparos desde atrás, a la derecha.  Sólo el primer proyectil, como si la víctima todavía se hubiese enfrenado a su asesino, le dio en la cara, superficie 8 x 3 centímetros, área de quemadura 3 x 0.5.
Rodrigo había sido probablemente su mejor amigo, dice Luis Alberto Mendizábal Barrutia, y juega con los celulares que tiene delante.
»Un romántico, un paladín de la justicia«, aduce Mendizábal, pelo blanco, camisa blanca, con una pluma de la marca Montblanc, tipo Meisterstück.
El chofer de Rodrigo lo habría llamado esa miserable mañana de domingo hace casi un año, cuando Rodrigo falleció:  Don Luis, hoy poco antes de las ocho sonó mi teléfono.  Era Rodrigo.  Era un gran día, el Día de la Madre, por eso iba a dar una vuelta en bicicleta.  Pero si algo le sucedía, deseaba que lo llamara inmediatamente, Don Luis.
»Y?«, preguntó Luis Mendizábal, vendedor de camisas, corbatas y trajes de Boutique Emilio en la elegante Zona 10, también asesor de seguridad de algunas personas del gobierno de Guatemala, confidente de Generales, comodín en tiempos de caos que atraviesa Guatemala.
»Rodrigo está muerto.«
Recién casado, en 1985, Rosenberg viajó con su esposa a Cambridge, Inglaterra a especializarse, Maestría en Derecho Internacional y Derecho Comparado.  Rosa María dio a luz a un hijo.  Rosenberg, lo suficientemente ambicioso, viajó a Harvard, Massachusetts, Estados Unidos de América, y obtuvo otro título.  Pero entonces la madre lo llamó a casa.  Rosenberg obedeció y fundó un bufete con otros abogados, con especialización en Derecho Empresarial, equipó su oficina con maderas tropicales y las más modernas computadoras, en el Edificio Géminis 10, Zona 10, y colgó sus dos títulos, Cambridge y Harvard, sobre el retrato de su madre.  En 1989 tuvo una hija.
Finalmente, la universidad privada Rafael Landívar lo nombró Profesor.  Rosenberg llegó en su auto deportivo con las bocinas de audio encendidas, escribió su nombre en la pizarra y habló con los estudiantes:  Y sólo una palabra más a las damas de este salón.  No se hagan ilusiones.  Estoy casado.
Pero Rosa María Paiz Toriello, decepcionada de su matrimonio, amaba a otro desde mucho tiempo atrás.  Se divorció en 1997.
Rosa María Marzano, la madre, lo consoló:  Hijito, tú eres demasiado bueno para este mundo.
Rosenberg, uno de los abogados comerciales más exitosos del país, entonces Vicedecano de una Facultad de Derecho, Presidente del Consejo de la Cámara de Comercio de Guatemala, se casó con Alejandra Margarita de Angoitia Noriega, de largo cabello negro, hermana del Director Adjunto de Televisa, el mayor grupo de medios mexicano.
Tuvo dos hijos.
Luego, en 2003, Rodrigo Rosenberg Marzano se postuló como candidato a Concejal de la Ciudad de Guatemala en la lista del Movimiento Reformador, parte de la empresarial Gran Alianza Nacional, sin éxito.  Su mamá lo consoló con rosas y dos vales para un crucero en el Caribe, Disney Cruise Line.
Cada vez más, Rosenberg llevaba a sus hijos al bus escolar en la Avenida de las Américas. 
Yo lo haré, dijo su esposa.
Pero a mí me gusta hacerlo, replicó Rosenberg.
»Fui corriendo al lugar de los hechos.  Ya sólo estaba la sangre«, grita su mejor amigo, Luis Mendizábal, a media luz, en la Boutique Emilio, 16 Calle 3-13, Zona 10.
Rápidamente golpea los pies bajo la silla, haciendo crujir las suelas.
El cortejo fúnebre, a la cabeza la carroza con el cuerpo de Rosenberg, luego un carro con flores y coronas y por último los vehículos de los deudos, todos con las luces de emergencia encendidas, se desplazó hacia el Occidente a través de la Ciudad de Guatemala, el lunes 11 de mayo de 2009, en las primeras horas de la tarde.  Atravesó la Zona 8, tomó la Calzada Roosevelt hasta el suburbio de Mixco donde se encuentra el costoso Cementerio Las Flores, un camposanto de hierba, con los nombres de los difuntos fundidos en bronce y mansos pavorreales que circulan por el lugar.         
El hijo del primer matrimonio de Rosenberg, estudiante de Ciencias Jurídicas, junto al ataúd, relató que su querido padre una vez le expresó cómo le gustaría ser enterrado y que él deseaba cumplirlo.  Entonces se subió al Chevrolet Camaro Z28 del difunto, aceleró haciendo rugir el motor, 310 caballos de fuerza, se dirigió a la tumba abierta, la 95A, apagó el motor, encendió las bocinas, Samba Pa Ti de Carlos Santana, y les dio una señal a los sepultureros.
Lentamente desapareció Rodrigo Rosenberg Marzano en la tierra.
»Lo hizo por amor«, dice el hermano y se enjuga las lágrimas.
»Rodrigo estaba enamorado del amor.«

Por último, Luis Mendizábal salió de la muchedumbre; Rodrigo habría sido su mejor amigo, así que cumpliría su deseo, y entregó a todos los interesados el legado de Rodrigo, un discurso en DVD, 150 copias.
Tres horas más tarde, en las primeras horas de la noche del 11 de mayo de 2009, los medios del país interrumpieron sus programas.
Mi nombre, dijo Rodrigo Rosenberg frente a un lienzo azul, camisa blanca, traje oscuro, mi nombre es Rodrigo Rosenberg, y si usted está viendo este mensaje es porque desafortunadamente me asesinaron.
Sus asesinos, dijo Rosenberg en un micrófono rojo, habrían sido el Presidente de la República de Guatemala, Álvaro Colom, su esposa, Sandra Torres de Colom, así como su Secretario Privado, Gustavo Alejos, y otros.
Yo era, dijo Rosenberg con voz firme, un guatemalteco de 49 años.  Tenía cuatro hijos divinos.  Tenía el mejor hermano que uno se pueda imaginar.  Tenía amigos fabulosos.  Y el deseo incontenible de vivir en mi país.  Este legado lo dejo por si algo me sucede.  Y lamentablemente sucedió.
En 18 minutos y 16 segundos expresó Rosenberg por qué el Presidente de la República y sus colaboradores lo habrían asesinado: porque él, Rodrigo Rosenberg, habría sabido demasiado sobre los bastardos, cobardes, corruptos y asesinos de este gobierno.
Y una media hora más tarde estaba el discurso en la red global.
Álvaro Colom, Socialdemócrata, Presidente de la República desde hace 16 meses, despreciado por los más ricos, querido por los más pobres, convocó a sus ministros y juró: lo que dice el señor Rosenberg no tiene sentido.  Yo no soy ningún asesino ni ningún traficante.   Sólo muerto me sacan de mi Oficina.
Él pidió a la Comisión de las Naciones Unidas contra la Impunidad en Guatemala aclarar el caso inmediatamente y aceptó gustoso la ayuda del mismo FBI.
La esposa de Rosenberg, Alejandra, se preguntaba con frecuencia por qué él cada vez más a menudo llevaba a sus dos hijos al bus escolar.  Porque me gusta hacerlo, por eso, la tranquilizaba Rosenberg.
También Marjorie Musa, cuatro pisos más arriba, Edificio Premiere Las Américas, 23 Calle “A”, Zona 14, llevaba a sus hijos al bus escolar.  Ella, como Rosenberg, era casada, hija de Khalil Musa, un libanés que había llegado a Guatemala décadas antes y se había hecho rico, café, textiles.
»Que Rodrigo tenía una amada, lo supe tres semanas antes de su muerte«, dice el medio hermano y sonríe delicadamente.  
»Casi no teníamos secretos«, dice el amigo, »pero el nombre de su amada nunca lo decía. «
Rosenberg le enviaba rosas.  Rosenberg le enviaba chocolates.  Marjorie, seis años menor que él, Química, con especialización en teñido de textiles, lo evadió por meses.  Rosenberg perdió peso.
Finalmente el primer beso, 5 de mayo de 2006.
Rosenberg le regaló a Marjorie Musa un celular, 5203-2471.  La llamaba, le escribía mensajes de texto, diez al día, veinte: Buenos días, mi princesita divina.  Te amo te amo te amo te amo.  No añoro otra cosa por el resto de mi vida, sino despertar a tu lado, mi princesita divina.
»Era como si él amara por primera vez«, dice su amigo Luis Mendizábal, vestuario para caballeros, consultor de seguridad.
Ahora entiende, dice el medio hermano Eduardo Rodas Marzano, perfumado Director de Puntos Fríos y Financieros de Centroamérica, S. A., por qué Rosenberg en los últimos años, a pesar de que su segundo matrimonio estaba ya en decadencia, se veía más feliz que nunca antes.
La mamá enfermó, cáncer de páncreas.  Los médicos le dieron, a lo sumo, aún medio año de vida.  Rosenberg la acompañó a los Estados Unidos de América a la quimioterapia.  Rosenberg se sentaba en su cama, le tomaba la mano, le lavaba el largo cabello gris y lloraba.  A veces le leía de un libro o le contaba historias inventadas hasta que la hacía reír.  
»El amor por su madre era incondicional«, susurra el hermano y se vuelve hacia las fotos en el estante, Rodrigo, Mamá Rosa María, los hermanos, hijos, sobrinas, sobrinos.
Te acuerdas, Mama, que me quería casar contigo?
Rosenberg trajo a su mamá de regreso a Guatemala y se aferró a su cama, le daba de comer, le tarareaba canciones, le alcanzaba los cosméticos.  Rosa María perdió su largo cabello.  Rodrigo, su hijo menor, le escribió a Marjorie:  Buenas noches, mi princesita divina.  Eres la más hermosa, la más dulce y la mujer más sensual sobre la tierra.  Agradezco a Dios por esta bendición.  Tú no sabes cómo se siente acariciarte.  Tú no sabes que cada caricia me acerca más a ti.  Te amo te amo te amo te amo.  Mi vida es un cuento de hadas.  Te agradezco, mi princesita divina.  Buenas noches, mi Marjorie Rosenberg.  Te adoro, mi amor.  Tu príncipe por siempre.  PS:  Te amo, mi amor, cada día más.  Sos mi vida entera.  Te amo, querida.  Te amo te amo te amo.       
17 de mayo de 2009.  Cientos de personas salieron a las calles de la Ciudad de Guatemala, miles, decenas de miles, estudiantes de blanca piel de las universidades privadas, hijos de la clase alta guatemalteca, incitados por la Cámara de Comercio, Cámara de Industria y la Federación Empresarial, vistieron camisas blancas y corearon contra el Presidente Colom, lo llamaron ladrón y asesino y exigieron su dimisión.  Colom transportó manifestantes a la ciudad, gente pobre del área rural, entre ellos 250 alcaldes, la mayoría de ascendencia indígena, los vistió con camisas verdes y los hizo pregonar su inocencia.
Hubo crisis en la Ciudad de Guatemala.
Tú tienes otra, gritó la esposa de Rosenberg.  

Tan pronto como fallezca mi mamá, me divorciaré, gritó Rosenberg.
Tanto no esperaré, dijo Alejandra, tomó a sus hijos, seis y nueve años de edad, y se marchó a México.
Mama Rosa María Marzano falleció en la mañana del 16 de mayo de 2007 en los brazos de Rosenberg.  Él se estremeció de dolor, no comió nada por días.
Segundo divorcio, 2008.
Algunas veces invitaba Rodrigo Rosenberg a su querida Marjorie Musa a su apartamento en el 10º. piso, Premiere Las Américas.  Compraba costoso vino francés, espárragos y langosta, cubría la mesa con coloridas cintas y listones y con botones de rosas rojas, gladiolas amarillas o lirios blancos.  Luego, para no repetir la próxima vez, fotografiaba su obra.
Habría llenado álbumes completos con esas fotos, dice el mejor amigo, con dos celulares enfrente que vibran y parpadean constantemente.  
»Un romántico«, grita Luis Mendizábal y se traslada al sofá azul.
Mensaje de texto de 5510-0115 a 5203-2471:  Princesita divina, buenos días.  Me acosté a las 10:30 y me volví a levantar a la 1 porque no soportaba el dolor de no estar contigo.  Me moría de celos.  Pero luego me llegó tu mensaje.  Me sentí inmensamente agradecido por eso y al fin logré dormir un poco.  Te amo, mi Marjorie Rosenberg.  Sin ti a mi lado no puedo ni quiero vivir un segundo más.  Te extrañé muchísimo.  Tú eres mía.  Yo soy tuyo.  Somos almas gemelas.  Te adoro.  Te amo te amo te amo te amo.  Tu príncipe.  PS: Tomé el Nasonex, oh, amor de mi vida.  
Cada vez más a menudo, porque le parecía que ella era aún más bella que el hada rubia de ojos azules de una película animada de Walt Disney, la llamaba Marjorie Tinker Bell.
»El problema de Marjorie«, dice el amigo, »tal vez no era su esposo, sino su padre, ese estricto árabe, Khalil Musa, que no habría permitido que ella se divorciara.«
Buenas noches, mi princesita divina.  Esta noche es la primera en 10 días, que puedo volver a dormir feliz porque hoy tuve la dicha de tenerte en mis brazos, besarte y amarte con pasión.  Y no deseo otra cosa, hasta el final de nuestros días, que estar contigo.  Tú eres literalmente mi vida entera.  Yo te voy a amar cada día más, por 1250 siglos más.  Te adoro con todas mis fuerzas, mi querida.  Tu príncipe por siempre.  PS: Ni un minuto he dejado de recordar lo divina y fabulosa que te veías con tu bikini y blusa.  Y aún más divina te viste cuando te los quitaste.  Cásate conmigo.    
El Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos, preocupado por la paz en Centroamérica, envió a su Secretario General a Guatemala.  Él se entrevistó con el Presidente Álvaro Colom y luego también elogió su promesa de hacer frente a la acusación de Rosenberg.  En Facebook y Twitter, los opositores de Colom exigían el derrocamiento del gobierno, se recolectaron firmas, 30,000, la Cámara de Comercio llamó a una huelga general.  Pero Colom cubrió su palacio con un enorme cartel:  En la Guatemala que poseemos vive el 51 por ciento en pobreza, 60 por ciento en el área rural, 23 por ciento son analfabetas, 50 por ciento de los niños menores de cinco años sufren de desnutrición crónica.     
Rosenberg le regaló a Marjorie una blusa.  Le pidió que la vistiera en un día especial: sólo para él.
El 14 de abril de 2009, un martes, Rosenberg llamó a su amada como lo hacía casi cada mañana, por primera vez a las 6:38.  La invitó a cenar.
»Marjorie dijo que iría si él, Rodrigo, la dejaba poner la mesa juntos por primera vez.  También dijo que se pondría la blusa nueva «, sabía el amigo, Luis Mendizábal.
Su último mensaje de texto lo envió Rosenberg a las 10:30 horas y 7 segundos:  Te extraño tanto, mi princesita divina.  Y te amo.  Te necesito más que nunca , mi amor.  Te adoro.  Tu príncipe por siempre y para siempre.  Oh, amor de mi vida.
Marjorie Musa, a las 12:38 horas, iba sentada a la par de su padre Khalil, Avenida Petapa y 35 Calle, Zona 12; esperaban en su vehículo en un semáforo, cuando impactaron los disparos en las ventanillas.
La policía contó los casquillos.
»Como a la una y media me llamó Rodrigo.  Luis, algo no está bien.  Yo le pregunté: ¿Qué?  Su amada no contestaba el teléfono.  Yo le dije:  No te preocupes porque en la Petapa está varado el tránsito porque mataron a alguien.  ¡Qué!  ¿Quién?  Ni idea, le dije.  Averígualo, averígualo, gritó Rodrigo, ¿talvez un hombre y una mujer, padre e hija?, Luis, averígualo.«
Él tomó un respiro.
»Y yo lo averigüé.«

Rosenberg se subió a su vehículo y se dirigió a la Avenida Petapa; se quedó sentado en su Chevrolet Camaro Z28, vio dos ataúdes en el asfalto.
Y luego, cuenta Luis Mendizábal, Rodrigo habría llegado allí con él, se habría sentado en ese sofá azul, llorado y sollozado, estremecido y temblado, por unas dos horas, sin hablar, más bien tres horas.
»Y por fin, con voz muy ronca, dijo:  tenía la blusa nueva.«
A la mañana siguiente, cuando nadie lo vio, el Profesor Rodrigo Rosenberg Marzano se dirigió al noble Cementerio Las Flores y cubrió el camino a la tumba de Marjorie con rosas rojas.
Allí, en la tumba de Marjorie, Rodrigo habría jurado que encontraría a los asesinos, susurra el hermano en la mesa de madera fina y dobla las manos como si quisiera rezar.
»Rodrigo lloró y dijo que no descansaría hasta saber la verdad, como un soldado en la guerra, 24 horas al día, buscaría a los que habían asesinado a Marjorie«, dice el amigo.
Rosenberg ya no dormía, Rosenberg ya no comía.
Llamó a la hermana de Marjorie y le dijo que llegara a su apartamento.  Le dijo que en realidad estaba entrando al hogar de Marjorie, le enseñó los vestidos de Marjorie, la ropa para lavar, sus joyas, las fotos de la mesa puesta con los pétalos de rosas, gladiolas, lirios.  La hermana le dio a Rosenberg el celular de Marjorie al que él siempre la llamaba, 5203-2471.
El 20 de abril de 2009, seis días después de la muerte de su amada, Rodrigo Rosenberg Marzano le regaló a la empleada de la limpieza el broche que le había dejado su madre.
»Él preparó su despedida«, respira el hermano.
En la oficina legal Rosenberg-Marzano, Marroquín-Pemueller y Asociados, S. A., 3ª. Avenida 12-38, Zona 10, Edificio El Paseo Plaza, 10º. Nivel, Oficina 1002, Rosenberg llamó a sus colegas y empleados a la sala de reuniones y con voz tranquila y solemne les comentó que la situación de seguridad en Guatemala es tan desastrosa como la justicia y que cualquiera puede ser asesinado en cualquier lugar en cualquier momento.

»Él me preguntó:  ¿para qué vivir?«, llora el hermano.
El 21 de abril, una semana después del final de Marjorie, Rosenberg compró en el Cementerio Las Flores dos tumbas, la 95A y la 96A, cada una por US$ 30,000, una para sí mismo y una para ella.
Luego escribió su testamento.
En algún momento en esos días sonó el celular de Marjorie, el que Rosenberg le había regalado.  Un joyero llamó y dijo que el anillo que una tal Marjorie Musa había ordenado, regalo para un hombre en el tercer aniversario de amor eterno, estaba listo.  Rosenberg se dirigió allí y leyó, grabadas en oro, las letras MMR, Marjorie Musa Rosenberg.  El anillo, dijo el joyero, había sido pagado hacía tiempo.  Rosenberg rió, y lloró.
Luego habría llegado con él, cuenta Luis Mendizábal desde el sofá azul, y le habría mostrado el anillo:  orgulloso, confundido, destrozado.
Y en algún momento en esos días el Profesor de Derecho Rodrigo Rosenberg Marzano llamó a los primos de su primera esposa Rosa María Paiz Toriello y les pidió ayuda, ya que los hermanos Valdes Paiz, propietarios de numerosas empresas farmacéuticas, por ser tan ricos, tenían que tener guardaespaldas, policías y soldados retirados, listos para la acción.  Tengo algo qué discutir, dijo Rosenberg.
»Y poco a poco se sintió mejor«, dice el medio hermano.
»Se sintió mejor«, dice el amigo.
En la noche del 3 de mayo de 2009, 19 días después de la muerte de Marjorie, Rosenberg se reunió con un viejo amigo.  Rosenberg le dijo que estaba sufriendo infinitamente por la separación de sus dos hijos pequeños que ahora vivían en México.  El amigo, abogado y político, habló de una cita con el Vicepresidente.   Dile a ese bastardo, le pidió Rosenberg, que yo soy el abogado de la Familia Musa y que sé muy bien que el gobierno los mandó asesinar.
A la mañana siguiente, 20 días después de la muerte de Marjorie, Rosenberg nuevamente reunió a todos los empleados y les informó que sus asuntos los trasladaba, sin más, a la colega Marroquín, ya que en ese momento se encontraba colmado con asuntos personales que probablemente hasta le costarían la vida.
Alrededor del mediodía lo llamó el Secretario Privado del Presidente, Gustavo Alejos, y le preguntó cómo a él, al Profesor Rosenberg, se le ocurría llamar asesino al gobierno.  Rosenberg gritó:  Hijo de puta, ni usted ni nadie más me harán callar.

© Tiane Doan na Champassak

El 5 de mayo de 2009, el día en el que se cumpliría el tercer aniversario de su amor a Marjorie, Rosenberg envió a su chofer a comprar un celular.  El chofer lo compró en el Centro Comercial La Pradera, número 5775-9747.
»A última hora de la tarde«, relata Luis Mendizábal, comerciante de vestuario y asesor de seguridad, »él me llamó y me dijo que alguien acababa de amenazarlo de muerte; el número del desconocido sería el 5775-9747.  Luis, anótalo, 5775-9747.«
Luis Mendizábal le sugirió que hiciera constar en un vídeo todo lo que lo presionaba y amenazaba.  Si él deseaba, dijo Mendizábal, lo llevaría a reunirse con alguien que sabía mucho de vídeos.
Al día siguiente, el miércoles, Rodrigo Rosenberg Marzano traspasó su participación en Rosenberg-Marzano, Marroquín-Pemueller y Asociados, S. A. a sus hijos del primer matrimonio.  La secretaria le dio las instrucciones sobre un honorario, un cheque por 40.000 dólares, que debería enviar de inmediato a los primos de su primera esposa, los hermanos Valdés Paiz, para que llegara en los próximos días a Panamá.
Tres días antes de su muerte, en la tarde del 7 de mayo de 2009, a las 17:56 horas, se sentó Rosenberg en el local de un tal Mario David García, abogado, periodista y político de la oposición, ante un lienzo azul, Avenida La Reforma 13-13.  Un gran micrófono rojo estaba sobre la mesa.  Rosenberg, camisa blanca, traje oscuro, corbata celeste, habló sin manuscrito por 18 minutos y 16 segundos.
Mi nombre es Rodrigo Rosenberg y si usted está viendo este mensaje es porque desafortunadamente me asesinaron.
»Él creía lo que decía«, suspiró el hermano.

Por supuesto que lleva un machete este transeúnte.  Camina en la Zona 10, el barrio más rico de la Ciudad de Guatemala, donde Rodrigo Rosenberg tenía su bufete.
Sus asesinos serían los mismos que ya tendrían sobre su conciencia los asesinatos de Khalil y Marjorie Musa, es decir, el Presidente Álvaro Colom, su esposa, Sandra Torres de Colom, así como su Secretario Privado y otros.  Pues Khalil Musa había sido llamado hacía meses por el Presidente para integrar el Consejo de Administración del Banco Banrural –el banco más exitoso del país, en el que el Estado de Guatemala tiene una participación del veinte por ciento-.  Khalil Musa había notado de inmediato que allí reinaba la corrupción, el lavado de dinero y una mala gestión. 
Por eso habría tenido que morir.  Y con él Marjorie Musa, cuyo único pecado había sido ser una hija ejemplar que había acompañado fielmente a su padre.
¡Basta!, dijo Rosenberg con voz tranquila ante la cámara, salvemos a nuestro país de los ladrones, asesinos y traficantes de drogas, construyamos juntos nuestra Guatemala de nuevo, recuperemos nuestros valores y nuestra fe en la justicia.  Vamos a echar a este presidente títere de su cargo y a ponerlo en la cárcel junto con los demás ladrones y asesinos.
En su mano izquierda llevaba Rosenberg el ancho anillo de oro que Marjorie le había hecho forjar, MMR.
Luego se dirigió, llevando consigo tres paquetes conteniendo 150 DVDs, adonde su mejor amigo, Luis Mendizábal, a la 16 Calle 3-13, Zona 10, Boutique Emilio, y le pidió que difundiera el legado en caso de que a él, Rosenberg, llegara a pasarle algo.
»Lo vi por última vez.«
El sábado 9 de mayo de 2009, 19 horas antes de su salida, Rosenberg llamó a su chofer y le preguntó si la bicicleta ya estaba reparada.  Llamó a su hermano, Eduardo Rodas Marzano y discutió con él el clima.  Llamó a la hermana de Marjorie.  Poco a poco iba viendo la luz al final del túnel, mañana daría un paseo en bicicleta.
Rosenberg se levantó temprano en su último día.
Día de la Madre.
Tomó una ducha.
A las 7:04 horas, por dos minutos y medio, y a las 8:00 horas, por minuto y medio, él habló por teléfono con sus asesinos, que había contratado con la intermediación de los hermanos Valdés Paiz, primos de su primera esposa.
El cobarde que lo había amenazado y que debía ser eliminado, dijo él, habría salido esa mañana a dar un paseo en bicicleta, pantaloneta azul, playera azul, calcetines blancos, zapatos blancos, Avenida de las Américas y 22 Calle, Zona 14.
A las ocho y cinco Rosenberg salió de su apartamento, olía a jabón.  Luego se sentó en la grama y esperó, con música en los oídos, en la Avenida de las Américas y 22 Calle.
Seis meses después, el 12 de enero de 2010, delante de las banderas de las Naciones Unidas y de la República de Guatemala, la Comisión contra la Impunidad en Guatemala se regocijó de haber resuelto el caso Rosenberg, dejando al Presidente libre de cualquier  implicación.  Rodrigo Rosenberg Marzano habría buscado su muerte y enfatizó que él no habría sido asesinado, sino que habría ordenado su asesinato.  Desde un celular, que ya tenía en su poder desde hacía días, el 5775-9747, se habría llamado y amenazado a sí mismo, para hacerlo fehaciente.  Los hermanos Valdés Paiz, mientras tanto, se daban a la fuga; los asesinos reales, que no sabían a quien habían eliminado, se encuentran en prisión, once en total, policías y soldados retirados.

Pero Rosenberg, por otra parte, continuó siendo lo que siempre habría sido: un guatemalteco honorable.

 

Un artículo de: ZEITmagazin, 06.05.2010, No. 19

 

China busca explotar hierro en la Costa Sur

 

Según una presentación  de la empresa Tikal Minerals, el Ministerio de Energía y Minas (MEM) autorizó 3 licencias de reconocimiento a la minera para buscar hierro en una extensión  de 5 mil 912 kilómetros cuadrados que abarcan prácticamente toda la costa del Pacífico, con excepción de tres pequeñas reservas naturales, que incluyen al Manchón-Guamuchal y Monterrico.

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